La propuesta de Miguel Soler-Roig se articula en torno a una serie de collages digitales que condensan cuarenta años de vínculo personal con México. Más allá de lo documental o paisajístico, las obras son construcciones visuales complejas donde imagen, memoria y emoción se fusionan en un mismo plano.
El punto de partida del proyecto reside en la recuperación del imaginario simbólico asociado al origen náhuatl del nombre de México: metztli (luna), xictli (ombligo o centro) y co (lugar), es decir, “en el ombligo de la luna”. Esta noción, profundamente conectada con la relación entre territorio, cosmos y percepción, atraviesa toda la serie como un sustrato conceptual que vincula lo geográfico con lo íntimo. La referencia a la luna y al agua introduce una dimensión ligada a lo emocional, al pasado y al subconsciente, elementos fundamentales en la construcción de las piezas.
Los collages nacen a partir de un archivo de diapositivas tomadas durante el primer viaje del artista a México en 1986, en su época de estudiante. Estas imágenes iniciales, captadas en un contexto previo a la masificación turística, contienen ya una mirada atenta y receptiva que, con el paso del tiempo, se transforma en materia de relectura. Soler-Roig no se limita a revisarlas: las interviene, las fragmenta y las recombina mediante un proceso intuitivo que da lugar a nuevas configuraciones visuales.
Cada obra se construye por superposición de capas, como un palimpsesto contemporáneo. Sobre la imagen original se incorporan elementos líquidos, veladuras, transparencias y fotografías privadas que introducen una dimensión autobiográfica. Las composiciones responden a una estructura fragmentaria donde distintas temporalidades y experiencias coexisten. El resultado es una serie de imágenes de alta densidad emocional, en las que el tiempo se presenta como una acumulación de estratos; dispositivos de memoria, donde cada elemento remite a una vivencia, una huella o una percepción subjetiva. La repetición y la variación de motivos refuerzan la idea de un retorno cíclico, tanto físico como interior, al territorio mexicano.
En este sentido, las obras no documentan un lugar, sino que lo reinterpretan desde la experiencia personal del artista. México aparece como un espacio interiorizado, reconstruido a través de asociaciones simbólicas y afectivas. Cada collage se convierte en un compendio de experiencias cruzadas que, ancladas en un pasado específico, se actualizan en el presente mediante el lenguaje visual. La serie invita al espectador a transitar entre lo tangible y lo evocador, entre la forma y la emoción.







